Entrevista a Dela Núñez, investigadora de las escenas metaleras peruanas
- Paroxis Histérica
- 1 jul 2020
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A continuación se presenta la entrevista transcrita realizada a María de los Ángeles "Dela", Núñez, investigadora de las escenas metaleras peruanas, que se llevó a cabo en una alianza de medios con Chucho Córdoba del blog Metal to the bone.
Nos habías dicho que estabas muy pendiente del primer encuentro internacional de mujeres en el metal, ¿cómo estuvo la conversación?
Era un festival de músicas que hacían metal, había una chica de Colombia, varias chicas de México y una de Bolivia. Hablaban sobre sus influencias en el metal, qué estaban haciendo, cuáles eran sus proyectos en esta época de pandemia, pero también hablaron sobre cuáles eran los retos que les representaba a ellas el hacer música, siendo mujeres, dentro de la escena metal.
Me pareció súper interesante las cosas que dijeron porque somos países distintos, pero tenemos la misma problemática que es el machismo que está ahí detrás; todas hablaban de cosas que yo ya había escuchado cuando he entrevistado a músicas peruanas, que hay criterios masculinos para juzgar a las chicas, entonces les dicen por ejemplo: «tú no cantas como hombre, no llegas a hacer el gutural como hombre» y una chica decía «yo no quiero hacer el gutural como hombre porque no soy hombre», «estoy utilizando la técnica gutural, pero como mujer, y quiero cantar así y estoy bien así. ¿Por qué tengo que hacerlo como hombre?», o esta especie de ritual de iniciación que hay, en el que te preguntan cuánto sabes de metal, si sabes mucho y sabes identificar todas las bandas, por orden cronológico todos los discos, ya pasas a tener respeto y a ser más allá de una groupie.
En el caso de las músicas, primero debes demostrar que tienes la técnica, que sabes tocar muy bien y, luego de eso, te van a ver como un músico respetable, y eso, porque siempre hay la etiqueta de «la banda de death metal de mujeres» y varias chicas decían: «¿por qué no decir la banda de death metal, con el nombre, que seguir acuñándole el «de mujeres»? ¿Cuál es la diferencia? Nosotras queremos tocar, nos esforzamos, invertimos dinero y tiempo, igual que ellos. ¿Por qué siempre la banda de mujeres?».
También decían que era como un recurso de doble filo porque tenía todo este lado negativo del machismo; pero por otro lado, como no era común que una chica tocara, jalaba la atención y la gente las miraba más por el hecho de ser mujeres.

El metal tiende, de alguna manera, a deshumanizar a la persona que está tocando o cantando y dice que no importa si es hombre o mujer, lo que importa es que toque bien, entonces los enfoques de género pierden sentido. ¿Cómo observas esa barrera que pone el metal ahí?
Yo creo que, el negarlo, es un recurso para invisibilizar el machismo que hay: «no, no hay machismo, lo que importa es que se toque bien, lo que importa es que seas un músico de calidad, con técnica, que se esfuerce», cuando definitivamente hay comportamientos machistas y estamos subrepresentadas. Creo que es importante darnos cuentas que las escenas no están flotando en el aire y no son una realidad aparte del país donde se ubican, las personas dentro de cada escena van a reproducir esas costumbres, esos valores que ya traen de cada casa.
En el Perú, en 2018, la ONG Plan International hizo un informe y Lima era la tercera ciudad más peligrosa para niñas menores de edad o mujeres jóvenes, teniendo la posibilidad de ser violadas, desaparecidas o asesinadas. Teniendo esto de base, no podemos pensar en las escenas como algo totalmente separado de ese contexto violento en el que vivimos, llevamos todo eso hacia las escenas, hacia los conciertos y se van a dar comportamientos machistas. Ese discurso de que no hay más bandas de mujeres porque ellas no quieren, no creo que sea así.
Estuviste preparando una ponencia para Latin American Studies Association – LASA, ¿nos puedes contar cuáles fueron esos ejes centrales que abordaste, por dónde te fuiste en el análisis y qué fue lo más interesante de tu propuesta? Nos contaste que venías preparando una investigación que pronto presentarás en un evento académico de metal.
Si, en este trabajo lo que hago es preguntarme si el metal es solamente machista, solamente sexista. Si es así, ¿por qué las mujeres quieren hacer metal?, ¿por qué se meten ahí y por qué lo hacen ya desde hace varios años?, ¿es que nosotras también somos igual de machistas, que simplemente somos sumisas y seguimos los mismos roles? Entonces, para encontrar respuestas, entrevisté a las chicas de Strogena, que es una banda de heavy metal de Lima; entrevisté a Nathalie Markoch, ella que tiene su propio proyecto de death metal melódico, todos los demás son hombres, pero ella se mete en la composición de la música y de letras también; a Alexa Reich (es su nombre artístico), ella tiene un proyecto que se llama Dämonik, una banda de black thrash solo de mujeres; Katiuzca Guerrero, es guitarrista en Necrofagore que es una banda de death metal, ella es la única mujer; y también entrevisté a Gabriela Moncada, ha tocado en Dämonik, tuvo una banda que se llamaba Hembra y ahora tiene una banda que se llama La Bestia (de punk rock, ya no es metal).
Mi idea era preguntarles por qué tocaban metal, que las llevó a tocar metal, si sentían que tenían alguna limitación por el hecho de ser mujeres, entonces recogí varias experiencias. Por un lado, me decían que sí habían tenido experiencias que ellas no las calificaban como machistas. Es más, decían que hablar de machismo dentro del metal era como un tabú y que no le quieran llamar así para no quedar mal. Pero que sí sentían que no tenían mucha libertad al vestirse porque, evidentemente hace un montón de calor cuando estas tocando y estás en el escenario; entonces, sería muy chévere poder ponerte cosas chiquitas. Pero ellas no se vestían así porque sabían que las iban a mirar como «poco serias», que se estaban tratando de vender de esa manera. O que las iban a ver por sus cuerpos y no por su música, que era lo que ellas querían; también, por el hecho de tocar y para que las consideraran como músicas serias, ellas no podían tomar como quisieran no solamente porque podían robarles los equipos sino también justamente por esta imagen de fáciles que podían tener. También que habían aprendido (eso me pareció muy extraño) que cuando los fans venían a felicitarlas, después de los conciertos, ellas no podían ser muy efusivas porque podían tener problemas con las novias de los fans, me pareció rarísimo; que algunas habían sufrido bullying cibernético cuando empezaron a tocar: «tú qué haces ahí, quién te crees para cantar así» o en alguna tocada les habían dicho «vete a la cocina». Pero en cuanto al bullying, ellas siempre repetían que había sido al comienzo y que se habían ganado el respeto de la escena cuando las habían visto tocar o cantar.
Hay un artículo de Marcus Herz y Susanna Nordström, que justamente habla de ese rito de iniciación del que les comentaba, que es este interrogatorio por el que pasamos las mujeres para ver cuánto sabemos de metal, en el caso de las fans o del público y que se replica en las músicas. Primero ven qué tan bien tocas y hasta que no pruebes que eres un buen músico, que tienes una buena técnica, no te van a respetar o te van a trata mal, de repente.
Esas han sido las respuestas de experiencias machistas que ellas han vivido, pero por otro lado, también encontré este miedo a llamar a estos comportamientos machistas. Decían: «así es la gente, así te mira, así te hablan y tú tienes que ganarte el respeto, la cosa es que no me toquen». También decían: «he encontrado que las chicas no se esfuerzan tanto o no son tan disciplinadas al tocar como sí son los hombres, por eso yo prefiero hacer música de «hombres»». Ese tipo de comentarios para mí refleja lo normalizado que está el machismo.
Por ese lado iba mi investigación, quise mostrar que había más que solamente conductas machistas y encontré todo esto. Encontré que el metal para ellas era una catarsis, que el metal las ayudaba a expresar muchas de las cosas que vivían en la vida cotidiana, que les permitía vivir una feminidad un poco distinta a la mainstream, a pesar de todas estas conductas machistas que encontraban dentro de la escena. Ellas creían que de todas maneras el metal les daba un espacio para tener un poco más de libertad respecto de los cánones de feminidad que les daba la sociedad. Eso es lo que pude recoger de las entrevistas realizadas.
Sobre esa parte del bullying y los espectadores, ¿cómo combatir esa práctica desde el mismo sitio de la audiencia?
Yo también soy espectadora y creo que nuestro papel está en denunciar y exponer que es un comportamiento que está mal, de tal manera que cada vez más gente sea consciente de que no son bromas o no son chismes, malabladurias que no van a llegar a nada. Con ellos le estás haciendo daño a alguien y por las puras. Nuestro papel sería exponer y denunciar que es una conducta mala, machista, que hace daño. Tanto hombres como mujeres.
Como les mencionaba, muchas o casi todas las chicas que entrevisté se quejaban de que eran mujeres las que hacían este bullying. Yo creo que en el metal hay un espíritu masculino, muchas veces las mujeres podemos tratar de tener estos comportamientos masculinos para sentirnos iguales que ellos, entonces por eso tendemos a conductas machistas con mujeres.
Es bastante curioso que las escenas de metal tienden mucho a expresar que desde afuera los miran como extraños, como personas que se salen de lo establecido como normal, pero existe una gran dificultad para mirar al interior de ellas los problemas que existen, como por ejemplo el machismo, dejando en duda un poco ese término de hermandad. Hay un problema de asumir que esa estructura patriarcal también coopta esas escenas ¿Tú cómo observas esa apariencia en la cual se para el metal?
Va con esta idea de pensar a estas escenas como totalmente desconectadas, como sitios en los que te puedes resguardar de todo lo demás. No sé si conocen a Niall Scott, uno de los directores de la revista Metal Music Studies, tiene un artículo que se llama Heavy Metal and the Deafening Threath of the Apolitical, aquí él habla de cómo se considera al metal como apolítico y que se piensa así porque justamente te resguarda de todo lo que pasa alrededor. En el metal no se habla de partidos políticos, no se habla de machismo, no se habla de discriminación de género de todo tipo; en el metal, por ejemplo, solamente se hace una crítica a la religión, justamente porque te trata de imponer cosas, el metal «es total libertad». Supuestamente se basa en esta idea nietzscheana de que el humano es demasiado humano. Entonces hay que hablar de la fuerza, del hombre guerrero, de la magia de los espíritus y la naturaleza, de la vida del hombre en el campo, etc., pero no vamos a hablar de nada más.
Hablar de machismo dentro del metal es romper con esa ficción de que el metal es apolítico, cuando en realidad tiene mucho que decir sobre su entorno, y yo creo que sí lo dice, solamente que con metáforas. Además, no solamente es romper esa ficción (de lo apolítico) sino también es romper esa estructura masculina con la que se creó, desde la que nació, entonces hablar de machismo en el metal es doblemente subversivo.
Como espectadora y asistente, ¿has sido testigo o has vivido un episodio de violencia de género, de discriminación en algún concierto o escenario metalero?
Yo voy a conciertos desde que tengo como 18 años y más bien te diría que yo he estado del otro lado, yo he sido la que he discriminado, he tenido esas conductas que ahora he reconocido como erradas y totalmente machistas y sexistas. Creo que en el metal se experimenta mucho algo que también pasa en la sociedad peruana, que no te llaman por tu nombre, sino que tú eres «la pareja de tal», «la chica de tal», «la enamorada de tal» y tu estatus depende de quién sea tu novio, tu pareja. Yo también miraba a la gente así, decía: «fulanita, la enamorada de tal. Esta chica fue la que estuvo con tal y ahora está con este» y luego me di cuenta que por qué quitarles el nombre que las individualiza, por qué no reconocerlas por su nombre.
Felizmente no he tenido nunca problemas de que me hayan tocado, de que hayan intentado hacerme algo. Cuando he ido sola a varios conciertos, ya conocía a bastantes personas porque he frecuentado la escena limeña, entonces ya sabía quién era quien, por dónde podía ir y por dónde no. Que si iba por ahí me iba a caer una patada del pogo o si iba por allá estaban los «borrachos feos» que no respetan nada, sabía más o menos donde moverme.
Hay lugares seguros y no seguros, dentro de un concierto hay zonas. La zona de adelante, los que se ponen pegados a la tarima, que probablemente no les pase nada si es que no viene un borracho y se te pega por atrás; la zona de más al fondo, en las esquinas están los más borrachos, los que probablemente te digan cosas; en el medio está el moshpit y te puede caer un golpe, si es que no te quieres meter, si te metes, aguanta. Tienes que saber dónde colocarte y también he experimentado lo que sentían algunas de las chicas que entrevisté, que no puedes tomar tanto porque te pueden ver como fácil o porque tienes que estar en tus cinco sentidos para ver que no te metan la mano. Eso sí lo he sentido y como te digo, felizmente no me ha pasado nada.
¿Y hablando ya de artistas, referentes tuyos, músicas, a nivel nacional que hayas tenido?
A mí me gusta mucho Dämonik, son chica súper jóvenes ahorita, me gusta mucho la música que hacen porque me gusta el black thrash. Pero realmente la primera banda que escuché en mi vida y que, coincidentemente, fue de metal peruano, fue Mortem, a los 15 años. Y para mí era así como se hacía metal, tanto que yo tenía una frase que utilizaba mucho: «el metal se hace con huevos, no con ovarios». Luego, lo que ha pasado en mí es un trabajo de deconstrucción, de darme cuenta, poco a poco, de que no tenía por qué ser de esa manera. El sonido es neutro y la apropiación de un sonido como «masculino» es totalmente cultural, puede romperse y, de hecho, tiene que romperse. Por eso les decía que yo más bien estaba al otro lado, yo estaba al lado del bullying.
¿Los estudios de género, la perspectiva feminista, qué fue eso que te abrió los ojos? ¿Cómo fue que te diste cuenta?
Primero, que pasé de un lado de la escena al otro, pasé de una pareja que era súper «true» a otra que era mucho más abierta, que también escuchaba otro tipo de música y que no tenía toda esta «aura de oscuridad» dentro de la misma escena. Ahí me di cuenta que me miraban o trataban diferente por estar con otra persona cuando yo no había cambiado.
Por otro lado, leyendo varios artículos sobre chicas que escriben sobre metal, leyendo bibliografía de estudios de metal, escrito por chicas fans, porque en estos estudios la mayoría son fans, la mayoría que se mete a la academia son fans o músicas. Me di cuenta que sus experiencias eran muy parecidas a las mías, me vi reflejada en eso y me di cuenta de lo mal que estaba. Efectivamente he leído a Judith Butler, a Helene Cixou, a Evra Federe Kittay con su ética del cuidado, o la discusión sobre el hacer y rehacer el género (doing and redoing gender). Es decir, he tenido acercamiento a bibliografía feminista, pero eso era para lo demás de la vida porque el metal no se tocaba, el metal era aparte. Volvemos a esta idea de sacar a la escena del contexto.
¿Tu formación es solo en filosofía?
Hice una licenciatura en filosofía y una maestría en Desarrollo Humano (así se llama el programa) en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Este último es un programa que se basa en el enfoque de capacidades de Martha Nussbaum y Amartya Sen, enfoque bajo el cual se hacen las políticas del Banco Mundial. Es una maestría interdisciplinaria que sirve para analizar y construir políticas públicas con ese enfoque de desarrollo humano.
Pero, a partir de que escribí el artículo, que resultó siendo el primer artículo peruano que salió en Metal Music Studies, pensé que podía hacer de mi pasión también mi objeto de estudio. ¡Qué más bacán que eso! Entonces, es ahí que doy un giro en mi carrera y empiezo a estudiar musicología. Ya no me tocaba un pregrado sino un posgrado, por eso estoy haciendo una segunda maestría aquí en Chile, donde resido ahora.
¿Cuál es esa responsabilidad de las investigadoras, de cara a la transformación de estos escenarios machistas, misóginos? ¿Cómo entender ese impacto de la academia?
La academia, al igual que los oyentes, tenemos la responsabilidad de visibilizar esas costumbres machistas, esos comportamientos que hacen daño. Pero, claro, en la academia tenemos la misma autoridad que nos da el estar dentro de ella, entonces eso hace más grande nuestra responsabilidad por, supuestamente, decir algo con autoridad.
Tenemos que visibilizar, mostrar, denunciar para que cambie y también estar preparadas para respuestas que pueda haber hacia esta actitud. Porque no a mucha gente le gusta el cambio ni le va a gustar que le digas que lo que está haciendo está mal. Pero, si no te atreves, ¿cómo va a cambiar la cosa, cómo va a mejorar? Tenemos la responsabilidad de decirlo y de abordar estos temas así sea tabú en nuestra sociedad, en nuestra escena.



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