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Entrevista con Miriela Fernández, investigadora de la escena metalera cubana

Actualizado: 4 sept 2025

A continuación se presenta la entrevista transcrita realizada a Miriela Fernández, investigadora cubana, por parte de la alianza de medios con chucho Córdoba del blog Metal to the bone.


Miriela estudió periodismo en la Universidad de La Habana, realizó su tesis de maestría en el Programa FLACSO-Cuba a partir de un interés en temas de la cultura y la música alternativa de la isla, y actualmente se encuentra trabajando en un proyecto doctoral sobre la escena metalera de los ochenta y noventa, con la colaboración de metaleros cubanos. Ella nos compartió en esta entrevista las limitaciones y problemáticas que tuvo el metal y sus artistas cuando este género musical irrumpió en su país, su visión de la participación de las mujeres en las escenas rockeras y metaleras de Cuba, Patio de María y la importancia de María Gattorno para el rock y el metal cubano, su capítulo en el libro ‘Heavy Metal Music in Latin America: Perspectives from the Distorted South’, sus bandas recomendadas y mucho más.

Miriela Fernández
Miriela Fernández durante la presentación del libro Heavy Metal Music in Latin America: Perspectives from the Distorted South

¿Cómo ha sido ese proceso de hacer metal en Cuba y qué aspectos generales puedes contarnos frente a lo que has analizado sobre la represión y las limitaciones que han tenido que sortear los artistas?


Humberto Manduley, investigador del rock cubano, dice que este género en la isla ha crecido como una “yerba mala”. Podría decir que el metal también. Como deriva del rock, el metal ha tenido una historia similar, la misma herencia. En las primeras décadas de la revolución, la circulación del rock estuvo prohibida. Influía el conflicto con gobiernos de Estados Unidos, pero, de igual forma, el hecho de que los seguidores del rock, hippies entre ellos, y al cabo de los ochenta, ‘frikis’ o rockeros, no se ajustaran al ideal de “hombre nuevo” proclamado a nivel institucional. Parte del rock y el heavy metal de los ochenta, que fue también la década donde despuntó el speed y el thrash en Cuba, mostraban un universo simbólico distinto y tuvo que enfrentar la orfandad institucional, la falta de apoyo, incluso, la prohibición para tocar en determinados espacios, y hasta la desarticulación de algunas bandas. Eso en el plano colectivo. A manera individual, muchachos y muchachas con devoción por estos géneros también tuvieron vivencias de exclusión y “corrección” por su manera de pensar, de percibir el mundo social, por la escucha de estas músicas y la relación con otras estéticas. No obstante, se siguió creando de forma independiente, y conquistando espacios.


En su libro ‘Music and Revolution: Cultural Change in Socialist Cuba’ (2006), Robin Moore dice que no es posible entender el desarrollo de la música cubana solo desde la estética socialista. En los márgenes ha habido mucha música que no se conoce. Ahí está una profusa creación rockera y metalera, incluso, de metal extremo. En ese sentido, aun con escasez de recursos, la década del noventa fue explosiva. En La Habana, un local llamado Patio de María se convirtió en la meca de toda esa expresión y experimentación. A principios de los 2000, sin muchas explicaciones el Patio fue cerrado por las autoridades. El movimiento rockero, pero sobre todo metalero, que era el que más confluía allí quedó a la deriva. Eso no significó discontinuidad de la escucha y producción sonora, musical ni la búsqueda de espacios. Cuando en el 2007 el Estado abrió la sala de conciertos Maxim Rock para quienes seguían esta música y se creaba una Agencia Cubana de Rock, se estaba respondiendo a una demanda y a la presión y gestión por parte de músicos y público de estas tendencias, pero sobre todo a un proceso de creación indiscutible.


No obstante, las problemáticas no acabaron. Gran parte de la creación rockera y metalera persiste en la isla de forma independiente, a partir de las redes que crean los propios seguidores y seguidoras de estos géneros. Hacen un tremendo esfuerzo por llevar adelante sus proyectos, autogestionando ensayos, grabaciones, intercambios dentro y fuera de la isla, y continúan enfrentándose a un problema de la sociedad cubana que es la centralización excesiva del Estado, y la restricción a nivel institucional, que muchas veces se personaliza e intensifica en el ejercicio de determinados funcionarios, autoridades, policías, etc.


Frente a la participación de las mujeres en las escenas rockeras y metaleras en Cuba, ¿qué análisis has podido hacer desde tu investigación y también desde tu experiencia?


En Cuba, la participación de las mujeres en la escena del rock y el metal ha sido permanente. Siempre ha habido mujeres interesadas en el rock y el metal y han estado activas en diversos roles. Desde los sesenta, por referirme solo a una historia reciente, hubo mujeres precursoras o incorporadas a los combos, agrupaciones que por lo general se presentaban en fiestas privadas y hacían versiones de temas internacionales. No solo ponían su voz a estas alineaciones sino que eran instrumentistas en estos formatos que a veces incluían los instrumentos más diversos. En el devenir del rock cubano y el metal, ha habido muchas mujeres graduadas de escuelas de arte que han aportado a esta historia, como ha sucedido también en el plano “amateur”, donde no se ha dejado de combinar el virtuosismo con una necesidad expresiva. En los setenta y sobre todo en los ochenta, cuando el rock va deslindándose de las versiones, también es posible ver cómo las mujeres impregnaban un estilo en sus grupos. Podría mencionar en ese sentido a Síntesis, a Monte de Espuma. En los noventa, con las fusiones, la emergencia del metal extremo, del punk (aunque desde los ochenta existían estas manifestaciones), la participación de las mujeres también fue poderosa. Hay canciones emblemáticas de esa etapa. No podría dejar de mencionar desde lo afectivo a Paisaje con Río y la voz reminiscente de algunas de sus cantantes, entre ellas Yadira López. Hasta hoy eso ha seguido pasando y la lista de mujeres que han aportado al rock y al metal sigue siendo extensa en Cuba.


¿Crees que la historia del rock y del metal en Cuba se ha escrito desde una perspectiva plural, paritaria o patriarcal? ¿Por qué?


En Cuba se ha dado un fenómeno particular y es que por lo general los estudios sobre estas escenas y lo que se ha producido desde el campo periodístico ha venido de melómanos, personas que han sido parte de las mismas, o que han tenido una sensibilidad y apoyo a esta música alternativa en la isla. Ha primado la intención de rescatar memorias, de reflexionar sobre el conflicto institución-escena, analizar estéticas y valores de estas músicas, de sacar a la luz la experiencia musical y liminal de cultores y cultoras del rock y el metal. Creo que con ese propósito por voluntad propia en algunos medios oficiales, revistas como El Caimán Barbudo, fanzines y otras publicaciones surgidas de modo independiente se ha abordado la presencia femenina y la creación de las mujeres, dejando ver una perspectiva plural. Sin embargo, como hay tantos datos dispersos, y tantas historias del rock y el metal en diferentes etapas no transitadas o profundizadas, hay temáticas aún sin abordar. Eso ha sido un límite, por ejemplo, para ahondar en cómo vivieron algunas mujeres involucradas en la escena una etapa específica. Sin duda, son historias que esperan.

Recuerdo una conversación con un rockero cubano en la que me contaba anécdotas con varias de sus amigas en conciertos, en guerrillas que son viajes interprovinciales para asistir a presentaciones de bandas o a otros lugares. Son para mí viajes de libertad. Creo que en la investigación social y cultural habría que seguir la bola de nieve y localizar a esas muchachas. De hecho, en las fotografías de cualquier etapa vinculada a la escena del rock y el metal aparecen mujeres, entre los skaters de los ochenta, en las fotos en el Capitolio de La Habana, espacio de reunión de rockeros y metaleros. Esto llevaría a asumir una perspectiva más empírica o etnográfica. Quizá yo esté también muy influenciada por ese tipo de trabajos, pero es maravilloso cuando desde la antropología visual o desde relatos similares, una se adentra en una manera peculiar de la vida, por ejemplo, cuando una cámara recoge las vivencias de pescadores en alta mar, su relación con el océano, los símbolos de su cuerpo que también reflejan una experiencia liminal, autónoma, en cierto grado transgresivo por un sentido de búsqueda, de trascendencia. Recuerdo a un sociólogo norteamericano que hablaba de estos outsiders, de la forma en que hay un reencantamiento con el mundo desde sus esquinas o espacios “distantes”, que a veces es solo un lugar intangible. Las mujeres tienen también este tipo de historias haciendo música como el rock y el metal, pero de igual modo desde otras prácticas en estas escenas. También trascienden lo supuestamente establecido para ellas en un determinado contexto y lugar. Sería importante conocer lo que nos enseñan esas experiencias sobre nosotras mismas.


Ya que nombraste el Patio de María, ¿por qué no nos cuentas acerca del rol de María Gattorno y de otras gestoras culturales que han estado movilizando el asunto del rock y el metal en Cuba?


Esta pregunta me hace pensar en la respuesta anterior: ahí está María Gattorno. Ella fue transgresiva porque abrió las puertas de la Casa de Cultura Roberto Branly, en el barrio habanero La Timba, a músicos y público del rock cuando no había mucha voluntad de apoyo al género y, no solo dio un espacio, sino que se involucró con el movimiento rockero de la época. Ella venía de la universidad, de Historia del Arte, y también era una seguidora del rock. Lo interesante es que lejos de lo que otros y otras en su ámbito decían sobre los músicos aficionados, tildados de diletantes, tuviese una visión distinta, otra percepción de esta creación que defendió frente a no pocos conflictos. En el Patio empezaron a ensayar grupos como Hojo x Oja y Cartón Tabla. Cuando el 17 de diciembre de 1987 se dio el primer concierto y devino en una seria confrontación, ella siguió con su idea y a pesar de todo volvió a programar rock para la siguiente semana. Con el tiempo ese sitio se convirtió en el destino obligado de cultores y cultoras de esta música. Fue de los mismos rockeros que surgió el nombre “Patio de María”, quizá también como homenaje. No en vano los músicos de Zeus y otros, sobre todo integrantes de grupos de aquel tiempo le dicen “la madrina del rock”. María puso su predisposición a la escucha del rock en función de la pertenencia a esa escena y, sobre todo, a su parte más subterránea, a pesar de los estereotipos y cuando, por ejemplo, el Centro de Desarrollo de la Música Cubana hacía investigaciones para delinear la política de difusión del rock en Cuba en los medios nacionales pero bajo criterios ideológicos y/o musicales que no tenían en cuenta toda esa diversidad underground alrededor del rock y el metal. Ella misma lo dice en una entrevista, su papel no fue solo el de defender un género, sino a un público, y con ello un modo de expresión en Cuba. No fue extraño que tiempo después cuando hubo conflictos en la Agencia Cubana de Rock, creada en el 2007 como dije antes, rockeros y metaleros se movilizaran en función de que María Gattorno regresara a su papel de promotora, y que dirigiera esa institución.


¿Existen antecedentes académicos sobre el metal en Cuba? Cuéntanos por favor, ¿cómo te ha ido con esa búsqueda o levantamiento de estado del arte?


En su artículo ‘Transculturación social, epistemologías de purificación y esfera pública aural en América Latina’, Ana María Ochoa dice que los estudios musicales son un campo diluido en el periodismo, la ficción, la escritura académica y otros formatos. Eso también podría llevarse a Cuba. Y como ya referí antes, me ha pasado. No es posible buscar antecedentes solo en lo académico desde un punto de vista clásico. No obstante, en el caso del metal y el rock cubano sí existen tesis de Historia del Arte, Sociología que son referentes por los datos que ofrecen, pero principalmente para entrar en diálogo y reflexión sobre sus resultados. Desde la Musicología habría que resaltar el trabajo de Liliana González por su aporte en sí, pero también por el área desde donde discute estos temas, lo que es algo tan necesario: ese encuentro entre la producción desde otras zonas y la Musicología. Ello puede significar una renovación y una mayor contribución a las escenas y realidades socioculturales en la isla. Fuera de Cuba, también se han realizado diversos estudios. Los artículos de Nelson Varas junto a otros y otras, y el documental Metal Island forman parte de esa producción.

Desde el periodismo han salido libros como los de Humberto Manduley que son centrales para cualquier investigador o investigadora. Son varias las fuentes en ese ámbito, y no se podría dejar de mencionar los fanzines e incluso los archivos personales y abiertos que se colocan en las redes sociales. Yo diría que lo que está haciendo un rockero como Dyango Pulido en Facebook es de un gran valor por lo que cuenta desde su perspectiva y por las fotografías y los comentarios que documentan de una manera vívida esta historia.

 

¿Nos puedes hablar sobre los aspectos más importantes de tu capítulo, ‘The Metal Scene in Havana, Cuba: An Assessment of Its Cultural Development from 2007 to 2017’ en el libro ‘Heavy Metal Music in Latin America: Perspectives from the Distorted South’?


Precisamente, fue una convocatoria de Nelson Varas. Presenté un artículo basado en mi tesis de maestría donde abordaba el desarrollo cultural de la escena del metal en La Habana del 2007 al 2017. En ese momento estaba muy involucrada con la escena capitalina y conocía los conflictos que estaban viviendo los grupos con la Agencia Cubana de Rock. También fue la manera de comenzar a indagar por el metal en la isla y abordar el desarrollo cultural no desde la perspectiva institucional, sino a partir de las experiencias de músicos y público en general. Los resultados de este trabajo conectan con una historia de conflicto institución-escena no resuelto y que se refleja en las dimensiones que dan forma al concepto de desarrollo cultural trabajado: el sentido cultural, el reconocimiento y la participación. Esa etapa de estudio también coincidió con cambios en el país que giraron la labor de la agencia hacia una formulación más comercial y alejada de las percepciones de metaleros y metaleras sobre su música. Esto, al mismo tiempo que profundizaba incomprensiones, dejaba abierta la necesidad de apoyo y sobre todo de autonomía.

Con respecto al libro, el trabajo editorial fue muy importante, y da una pista sobre cómo hacer para que los textos académicos circulen. A mí me pareció que hay potencialidades editoriales de organización, de traducción, de escritura, como demostró ese equipo, para contribuir a expandir los estudios musicales, incluso hacia otros públicos.


Cuéntanos tu experiencia como una de las organizadoras del Encuentro de Mujeres del Metal Hispanoamericano.


El encuentro de mujeres como iniciativa del Ciahmm en primer lugar permitió visualizar un panorama de lo que está ocurriendo con el metal hecho por mujeres en América Latina. En lo particular, me interesó conocer cómo se están creando espacios para los jóvenes en espacios periféricos y complejos de la región. Da una medida de lo que se está haciendo frente a los efectos de lugar para producir vínculos, música, arte cuando vence o no es posible el proceso de espera por la institucionalidad. Es una perspectiva distintiva del metal en América Latina.


Por otro lado, el encuentro también sirvió de análisis sobre los modos de conformación de las redes de investigación e intercambio entre estas. Creo que para quienes sigan en procesos de este tipo, el evento sirve para reflexionar en varias dimensiones desde el trabajo en equipo, el uso de las tecnologías, la preparación de cuestionarios, la contribución posible y real a las escenas que se involucran, la búsqueda de consensos desde las perspectivas académicas, personales y escénicas.


Háblanos sobre tu participación en el Seminario de Estudios sobre Heavy Metal.


México me reconectó con los estudios sobre heavy metal. Yo no vine a estudiar con un proyecto sobre música metal. Había presentado un trabajo sobre música cubana alternativa. En ese momento estaba muy entusiasmada con los libros de Joaquín Borges Triana que había leído, sobre todo dos de ellos: ‘Concierto cubano: la vida es un divino guión’ y ‘Nadie se va del todo: Músicos de Cuba y del mundo’. Con respecto al metal, por supuesto la música tiene un efecto en mí, pero en el plano académico desde Cuba no había mucha información, digamos que sentía timidez académica para asumir un proyecto doctoral así. No teníamos mucha bibliografía porque, además, es un tema más o menos marginal y como decía tiene mucho que ver con intereses particulares. Para que se tenga una idea, mi amigo Borges Triana, que es un maestro, pero sobre todo un gran amigo, me pasó en una memoria flash textos de Kahn-Harris y Robert Walser que una colega canadiense le había facilitado. Por mi cuenta di con un texto de Weinstein. No había una sistematicidad. En nuestras conversaciones terminábamos traficando textos y eso nos ilusionaba, pero nada más.


Nelson Varas, a quien conocí en Cuba porque hice una pequeña reseña sobre Metal Islands para la revista cubana AM:PM, me había hablado del trabajo de Alfredo Nieves en la UNAM, me había dicho que si venía a México esa era una oportunidad para conocer más sobre la producción académica en torno al metal. Y el seminario y las jornadas en el Instituto de Antropología, por varias razones, a mí me abrieron otro mundo. Terminé cambiando mi proyecto y volviendo al metal, al metal cubano de los ochenta y noventa. Por suerte, he tenido el apoyo de metaleros amigos y otros que lo han venido siendo en el proceso de investigación, entre ellos, Juan Carlos Torrente, Omar Vega, Alex Jorge, Abel Oliva. Por suerte, también mi tutora me ha apoyado, creo que por su perspectiva abierta, precisamente hacia esos otros lugares a donde va la gente en el mundo.


La primera actividad del seminario a la que llegué fue en la Cineteca Nacional. Alfredo presentaba un registro etnográfico sobre Avándaro. Se conocen los sucesos de Tlatelolco, pero de Avándaro se ha difundido muy poco. Eso me llevó también a la revista Generación, de la que encontré una colección en el Centro cultural Elena Garro. Todo eso me estaba impactando. Fui a sesiones del Seminario en el Museo Nacional de las Culturas. Músicos, estudiantes, profesoras, profesores hablaban de metal mexicano y más allá. Era una comunión que envolvía. En ese momento, comenzó en el Instituto de Antropología el Diplomado de Culturas del Rock y Músicas Urbanas, «Las Músicas No Cultas», que sin dudas me dejó una huella por sus conferencias, pero ahí además conocí a Joel Morales, de American Line Prods. Yo tenía algunas grabaciones de metal cubano hechas por esta disquera, pero ahora de primera mano podía intercambiar con alguien que admiraba y conocía la escena metalera cubana actual y más lejana. Eran muchas las conexiones. Por eso, digo que México me reconectó con los estudios de metal, y me dio la oportunidad de conocer más profundamente sobre los estudios musicales y culturales en general.


¿Qué bandas de metal de Cuba nos recomiendas?


Como decía antes, el proceso de creación metalera en Cuba ha sido permanente y no se circunscribe solo a la isla; como los propios cubanos y cubanas está disperso por muchos lugares del mundo. Pero, si me piden alguna recomendación, me gustaría que se empezara por escuchar el metal de los ochenta y noventa. Hay mucha música extraviada de ese tiempo, al igual que mucha creación. En plataformas digitales es posible encontrar algunas de estas producciones. También varios grupos han vuelto a grabar o han rendido tributo a algunos de esos proyectos. Recomendaría todo ese tránsito desde Venus, Monserrat y Rhodas hasta Sectarium, Spiritus, Godes Yrre, Destrozer, Cronos, Combat Noise, y otras bandas que marcan el preludio de la primera década del metal extremo en la isla.

 
 
 

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